El Camino cristiano

Pbro.
Eduardo H. Ramos
Parroquia
Cristo Rey - Gualeguaychú
Discípulos y misioneros
de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida.
Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida. (Jn 14, 6)
El Papa Benedicto XVI ha convocado, con este lema, a la V
Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe para comienzos del año
2007. Queremos comentar el anexo final del documento de trabajo. Este se ha
preparado, para que las comunidades nos pongamos en sintonía con lo que se va a
trabajar en la Conferencia.
El tema de como ser discípulo de Cristo, queda
magníficamente expuesto en el cuerpo de este documento, donde se nos dice que
debemos tener «oídos de discípulos», citando al profeta Isaías. Y luego se
explica: «estar atento para escuchar y pronto para obedecer». Iremos comentando
el anexo final en cada uno de sus siete pasos
Introducción
¿Cómo ser discípulo de Cristo hoy?
«El trabajo en comunidades y el trabajo individual volverán una y otra
vez sobre esta pregunta. El encuentro con Jesucristo conduce a la conversión de
quien ha sido llamado como discípulo, y también a la acción evangelizadora.
Para responder a esta sed de encuentro con el Señor, y a la voluntad de vivir
con coherencia en medio del mundo, se ha elaborado este simple itinerario. Cada
discípulo, en su estado de vida y en su profesión, en el ambiente social en que
vive y convive con otras personas, en el medio en que trabaja, precisa:…
»
Primer paso
El Encuentro con Jesucristo
«Hacer una experiencia de Jesucristo, mediante un encuentro fuerte con
Él, y renovar muchas veces este encuentro durante la vida. Este es el primer
paso para ser verdaderamente discípulo de Jesucristo. »
Condiciones para el encuentro
Para tener un verdadero encuentro con el Salvador es necesario estar buscándole, como lo explica Él mismo en el evangelio: «el que busca encuentra». Muchas veces uno no es consciente de que le está buscando. También muchas veces sabemos que necesitamos algo, pero no sabemos bien lo que es. El que busca es una persona insatisfecha, que no se conforma con las cosas como están, que reconoce en su corazón un anhelo de plenitud, una necesidad de mejores horizontes para su vida. Por eso, ¡es tan difícil que lleguen a un encuentro verdadero con el Señor los que se conforman con su presente, con sus bienes, con un buen pasar! También lo es para los pesimistas, aquellos que se han resignado a su amargura y fracaso. O para aquellos que sólo envidian la suerte de los demás y acumulan rencores en sus corazones.
Para que mi corazón se despierte
En casi todos nosotros hay una mezcla de todos esos impedimentos del párrafo anterior. ¿Cómo despertar a mi corazón? ¿Cómo sentir la necesidad de algo más para mi vida? Algunos, muy reflexivos, pueden comenzar a despertar escuchando las preguntas que les hace su propio corazón. Sin embargo, todos necesitamos que alguien nos hable de una vida mejor, de horizontes más amplios, sin límites, de felicidades que no imaginamos, aunque al descubrirlas, luego las identificamos con los deseos más hondos de nuestro corazón. Es la revelación del Dios Amor, que para nosotros es la experiencia del Amor de Dios. La comprensión del sentido de la existencia, de la causa del mal y del sufrimiento, de la preciosa oferta de Vida nueva y eterna que nos hace la misericordia de Dios. Todo esto va tomando un rostro, un Nombre, una presencia: Jesucristo el Hijo de Dios e Hijo de María. Cuando un corazón que busca, escucha esta revelación del designio divino, comienza a desear con ardor un encuentro personal con Aquel que puede colmarle, con Jesucristo.
Reconocerme en mi
necesidad
Si no tengo conciencia de mi «miseria», es decir de mi necesidad extrema de la cual soy incapaz de salir, no estaré haciendo bien la búsqueda. Si sólo quiero una «ayudita», algo que mejore mi «suerte», no me encontraré con Él. Si sólo busco una solución limitada, no comprometida y manejada siempre por mí, no me encontraré con Él. Con Él se encuentra quien se rinde ante la evidencia del fracaso hacia el cual se encamina, de la oscuridad que le espera. Necesito reconocerme incluido en este mundo de maldad y pecado para, desde esta verdad, decir ¡sálvame! Por eso dice la Escritura que «Dios resiste al orgulloso y atiende a los humildes». Ante la mirada de Dios no puedo engañarme apostando a mi propia justicia. Hasta nuestra Madre la Santísima Virgen lo reconoce en su canto «Él miró la humildad de su servidora».
Reconocerle como el
Salvador
Necesito oír hablar de Jesús, de todo lo que Él hizo por Amor a Dios Padre y a nosotros. Por el misterio de la Encarnación Él asume como propias las debilidades y esclavitudes que nos trae el pecado, más aún, asume la lejanía tremenda de Dios que se transforma en oscuridad, abandono, dolor, muerte. Esta es la Cruz, la que era nuestra y Él hace suya. Necesitamos reconocer que Él ha ocupado nuestro lugar, es lo que nos dice la Escritura «Él es la víctima propiciatoria».
El reconocimiento sincero se manifiesta siempre con una explosión de gratitud hacia Aquel que nos ha rescatado. Darle gracias, alabarle, proclamar su obra a todos los que me quieran escuchar. ¡De miserable he pasado a ser hijo amado de Dios!
Comienza un camino
Esta experiencia del encuentro personal con Jesucristo, es sólo el comienzo de un camino nuevo que debemos recorrer siguiendo su Palabra: todas esas enseñanzas de vida nueva que nos dejó en el Evangelio. Pero este camino se abre recién a partir del encuentro. Si aún no hemos tenido este encuentro vivo con Jesús, podemos acercarnos a la Iglesia donde recibiremos ayuda para tenerlo. Los grupos de oración de la Renovación Carismática, te pueden ofrecer la experiencia de un Seminario de Vida en el Espíritu.
Segundo paso
Escuchar a Jesucristo
«En el encuentro con
Cristo, escuchar atentamente su Palabra, contemplarlo con admiración y dejarse
invadir por Él (por su Palabra, su Amor y sus actitudes).»
Su Palabra
Nos dice el apóstol san Pablo «La fe nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo.» (Rom 10,1) Sólo la Palabra de Cristo tiene el poder de iluminar nuestro espíritu y despertar en nosotros la fe. Es una acción del Espíritu Santo que acompaña a la predicación realizada en nombre del Salvador. No es la elocuencia del predicador lo que convence al oyente, sino la fuerza de la Palabra, que éste primero escuchó y que ahora predica. Así como necesito oír esta Palabra para iniciarme en la fe, también necesito seguir escuchándola para que ésta no se apague en mí.
Me habla a mí
Cuando la escucho, lo primero que me admira es descubrir quien me habla: ¡mi Dios! El solo hecho de que Él me dirija la palabra, dispone mi espíritu a recibirla con atención. Aún antes de descubrir el mensaje se despierta un hambre espiritual, como dice el profeta Jeremías: «Cuando se presentaban tus palabras, yo las devoraba.» (Jer 15,16)
No sólo escucho la predicación de la Iglesia sino que ésta, como madre diligente, pone en mis manos el libro de la Palabra, la Biblia. ¡Preciosísimo lugar de encuentro con mi Señor! Quien se ha encontrado con Jesucristo comienza a buscarle en las Escrituras y lo va encontrando maravillado. Si no tuve ya el encuentro personal con Jesucristo, la Escritura se queda en sólo contenido, en enseñanzas para aplicar a la vida o para satisfacer curiosidades.
Dejarse invadir por
Él
Ya nos hemos admirado ante el Buen Pastor que nos llama y se ha despertado en nosotros el deseo de seguirle. Ahora descubrimos que toda la Biblia nos habla del hombre y nos revela el hombre perfecto tal como nos soñó nuestro Padre Dios, y este es Jesucristo. Al llamarnos, al enseñarnos, Él nos dice: «aprendan de mi». Nos dirá san Pablo «tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús» y también «renueven su mentalidad». El mensaje es Él mismo, su Persona, su modo de ser. Su enseñanza no es una colección de normas, sino una manera de vivir. Cuanto más le conozco más aprendo de mi mismo, ¡quiero llegar a ser como Él! San Pablo, excelente maestro, nos dirá «sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo» Voy vaciando mi corazón de los sentimientos del mundo y me voy llenando de amor a mi Padre Dios y a mis hermanos. Voy vaciando mi mente de los criterios del mundo y me voy llenando de sus promesas y de su sabiduría.
Hacer lugar
En toda relación interpersonal, como en la amistad, necesitamos darnos un tiempo, un lugar, una actitud, para el encuentro amistoso. No podemos confundir amistad con compañerismo; esto es, un hacer cosas juntos porque tenemos los mismos gustos. También en la relación personal que estamos entablando con Jesucristo, una relación que llamamos de discípulo, debemos darnos tiempo, lugar y tener la actitud correspondiente. Necesito preguntarme dónde y cuándo escucharé, leeré, meditaré su Palabra. Necesito vaciar mi corazón de otras voces, necesito aprender a hacer silencio. Al principio nos sucede como a los enamorados, todo nos resulta poco. Queremos escuchar todas las predicaciones, queremos leer toda su Palabra, la tomamos en cuenta para todas las circunstancias de nuestra vida. Este deslumbramiento inicial es excelente para crear los nuevos hábitos, porque ahora somos nuevas personas. Pasará el tiempo de esta «luna de miel con el Señor» y necesitaremos seguir buscando lugares y tiempos de escucha; debemos cuidar de no llenarnos de otras voces y otros amores que nos alejen de Él.
Tercer paso
Fe profunda y personal
«De esta escucha nace y
se fortalece siempre de nuevo la fe, esto es, la adhesión profunda y personal a
Cristo, a tal punto que el discípulo sea capaz de invertir todo lo suyo en
Cristo. »
Se cree con el
corazón
En el paso anterior vimos con detenimiento en qué consistía «escuchar a Jesucristo». Cuando recibimos la Palabra viva en la predicación de la Iglesia, experimentamos una facilidad para aceptarla y recibirla con alegría. Es la acción discreta del Espíritu Santo que prepara nuestro corazón para la fe, de tal manera, que al escuchar sabemos que era eso lo que necesitábamos oír. Por el momento las preguntas y cuestiones quedan en suspenso y se experimenta el deseo de seguir escuchando, sentimos que se nos habla directamente en el corazón.
Se responde con la
vida
Pero esta palabra me exige una respuesta, no me puedo quedar con la emoción, con la alegría de haber sido destinatario de una Palabra de mi Dios. ¿Qué voy a hacer ahora? El Papa Juan Pablo II nos decía que el fin último de esta palabra anunciada por la Iglesia es: «poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo» (CT 5). Esta intimidad significa compartir lo más auténtico de mi identidad personal con el Señor. Es la experiencia del amor: un «yo» que quiere convertirse en «nosotros». Él ha tomado la iniciativa: «Yo los llamo amigos porque les he dado a conocer todo» (Jn 15,15) Nuestra respuesta necesariamente es la reciprocidad: tampoco tendré secretos para con Él, le abriré confiado toda mi vida.
La comunión significa tener los mismos intereses, compartir las mismas experiencias, permanecer uno en el otro. La comunión con Jesús es estar con Él, vivir con Él. Ese proceso de respuesta llega a una identificación sólo comprensible desde el amor. Dirá san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi» (Gal 2,20).
Se establece una
alianza personal.
El amor que establece una alianza se propone la eternidad, el «para siempre». El descubrimiento mutuo, el gozo de la compañía, el deseo de una felicidad compartida, pueden resultar pasajeros, si no asumimos la realidad de la vida humana en plenitud.
El realismo necesario nos lleva a considerar el sufrimiento, la posibilidad del pecado, el desaliento. ¿Cuándo esto llegue desmentirá todo lo que vivimos en el amor? Jesús nos da una respuesta. Leamos una y otra vez el comienzo del capítulo 13 de san Juan: «Él, que había amado a los suyos,... los amó hasta el fin». Y sabemos que ese fin fue la traición, el abandono, la calumnia, la injusticia, la muerte... San Pablo, modelo de alianza personal con el Señor, pasó por la experiencia de los sufrimientos y luego de perseverar en el Señor nos enseña: «¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo?» (Rom 8,35) y nos hará una apretada lista de sus sufrimientos, para concluir proclamando: «nada podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.» (Rom 8,39)
Nuestra opción
fundamental
La vida cristiana es la constante renovación de esta alianza que un día, libremente, decidimos entablar con el Señor. Para quien viene desde fuera de la Iglesia, la primera alianza se realizará en el Bautismo. Para quienes ya lo recibieron, deberán renovarlo explícita y conscientemente. Un marco adecuado para hacerlo es la liturgia pascual.
Nos ilumina
muy bien una expresión de la primera encíclica de Benedicto XVI «Dios es Amor»: Hemos creído en el amor de Dios: así puede
expresar el cristiano la opción fundamental de su vida .No se comienza a ser
cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva.
Cuarto paso
En comunión...
«El discípulo debe integrarse en la
comunidad de los demás discípulos de Jesús (la Iglesia), a través de la
iniciación cristiana y allí vivir en comunión como hermano y convivir con
Cristo (oración, lectio divina, celebración de los sacramentos, principalmente
de la Eucaristía, solidaridad con los pobres, etc.), y acoger las enseñanzas de
los sucesores de los apóstoles.»
Introducidos en la
comunidad cristiana
Los que se han sentido atraídos hacia el encuentro de corazón con el Señor Jesús, atraídos por su luz y su amor, y esto es la fe; ahora se encuentran junto a otros también atraídos como ellos, y esto es la comunidad. Una realidad inesperada y maravillosa, una acción del Espíritu Santo, discreta y misteriosa, hace de la multitud «un solo corazón y una sola alma». Así se hace la Iglesia.
Es necesaria una transformación profunda, para poder vivir la comunión en la Iglesia. Es necesario «renovar la mentalidad», transformar el corazón, adquirir nuevos hábitos, dejar viejas costumbres. Todo esto es lo que se propone la catequesis: «moldear la personalidad creyente», para que vivamos la vida cristiana integralmente. Esta tarea la realiza la familia cristiana con los niños y toda la comunidad con sus miembros.
La vida cristiana
El fin de esta iniciación es facilitarnos «el aprendizaje de la vida cristiana, favoreciendo un camino espiritual que provoca un “cambio progresivo de actitudes y costumbres”». Una nueva manera de vivir que va madurando al aprender a orar, a celebrar la fe con los hermanos, a discernir la palabra de Dios que leemos y escuchamos. Esa intimidad con el Señor, debe madurar y renovarse constantemente para que no se pierda. La vida sacramental, es una gran escuela de comunidad. También las distintas formas de los servicios que se van presentando.
Las relaciones
fundamentales
Si en el momento de la primera conversión la comunidad nos parece maravillosa seguro que pasará esa «luna de miel con la comunidad» y deberemos aprender que hay más alegría en dar que en recibir, que hay que ayudarse a llevar las cargas unos a otros, que hay que perdonar setenta veces siete. Es decir, debemos aprender a vivir como hermanos. En la incorporación de nuevos miembros, la comunidad renueva su aprendizaje y abre su corazón.
Jesús ha instituido pastores humanos para que cuiden de su rebaño. Escucharlos a ellos, es como escuchar al Señor. Para muchos, este es el punto difícil, más hoy día cuando se pregona una autonomía personal que no tolera la autoridad ni la ley. Es el momento de aprender del supremo obediente: Jesucristo, y alcanzar la perfección como Él. En la obediencia encontramos la única seguridad para nuestros pasos.
Quinto paso
El seguimiento de Jesucristo
«De ahí nace el
seguimiento de Jesucristo. El seguimiento es la moral cristiana. El discípulo,
porque admira y ama profundamente a su Maestro y Señor, porque lo sigue de
cerca con fidelidad y esperanza, quiere recorrer los caminos del Evangelio:
amar como Cristo amó, vivir como Él vivió y cumplir cuanto Él mandó. »
La moral cristiana
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la moral cristiana es la vida en el Espíritu. Es decir, la docilidad a la gracia de Dios, que nos hace vivir de manera grata a sus ojos. Nos enseña la primera carta de san Juan: «El que dice que permanece en él, debe proceder como él.» (2,6) Una vez que uno ha encontrado en Jesucristo la plenitud de la vida y ha encontrado el lugar donde vivirla en la comunidad cristiana, a la cual ingresa por la fe y los sacramentos, llega la pregunta por la permanencia, por la fidelidad. Según el lenguaje de la vida espiritual, muy de san Pablo por cierto, el seguimiento de Cristo consiste en la imitación de su vida: «Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo.» (1Cor 11,1)
La conversión
Al inicio de este camino, hay una decisión que llamamos «conversión». Reconocemos que nuestra vida, afectada por el pecado, necesita ser transformada. La convicción con la cual tomo la decisión es fundamental, para que el impulso hacia la renovación de toda la existencia sea eficaz. Sin nuestra disposición es imposible pensar que la sola gracia alcanza. Esta disposición es dolorosa, porque debo renunciar a mi orgullo y debo reconocer que necesito que me enseñen y me ayuden a cambiar. Y no sólo de lo que es evidentemente pecado, sino que debo desestructurarme para poder dejarme modelar por Dios. Quizá frente a Dios, quien evidentemente es mayor que yo, no me cueste tanto, ¡pero dejarme guiar y educar por los maestros y pastores humanos que Él mismo me da! Para muchos, llega a ser un escollo insalvable.
La transformación
San Pablo la presenta en una doble dimensión. La primera es la renovación de los criterios: «...transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.» (Rom 12,2) Hay tres fuentes de criterios muy fuertes. Por un lado la tradición familiar; esta puede ayudar cuando provenimos de una familia cristiana. También el ambiente donde nos desenvolvemos; puede ser de ayuda si sabemos relacionarnos con personas de criterios sanos. Y, por último, nuestro propio pensar.
Todo esto debe quedar subordinado a la voluntad de Dios que vamos descubriendo en el camino de la fe.
La segunda dimensión que nos presenta, es la renovación del corazón: « Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús.» (Flp 2,5) y a continuación nos presenta, como modelo, la obediencia y la humildad de Jesucristo.
La comunión de corazones
Este proceso sólo se entiende en el contexto de una alianza de amor. La transformación no es una exigencia para salvarme, sino que es la consecuencia de descubrirme salvado por Él. San Pablo lo expresa admirablemente: «Él me amó y se entregó por mí.». La meta de esta transformación no es una santidad individual, que ponga en evidencia méritos personales. Es una amistad que se profundiza hasta alcanzar la comunión, la intimidad de vida con el Señor. Un canto de nuestro cancionero nos hace cantar: «Yo quiero más y más de Cristo...»
Sexto paso
El discípulo se torna misionero.
«El discípulo se torna misionero. Quiere llevar a otros al
encuentro con Cristo. Quiere que Cristo sea para otros la Buena Nueva de su
vida, así como lo es para él, de modo que también otros tengan la experiencia
vivificadora y la profunda fe que se convirtió para él en el sentido de su
vida. »
El testimonio
En el evangelio encontramos el significado del testimonio cristiano: «Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.» (Mt 5,16) Esta luz de la vida en el Espíritu brilla por si misma, no es necesario ir anunciándola, pero tampoco debemos ocultarla. Siempre el testimonio tiene como fin la gloria de Dios y no la nuestra. ¿Y cuáles son esas buenas obras? Ante todo nuestra fe en Jesucristo, nuestra esperanza en sus promesas de Vida y nuestro amor a Dios y los hombres. Así elogiaba San Pablo a la comunidad de Tesalónica: «ustedes han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia.» (1Ts 1,3) El mejor testimonio surge siempre del servicio al Reino de Dios. Sea en la comunidad cristiana, sea en el mundo donde vivimos, cuando nos hacemos disponibles a Dios y cercanos a los hombres, nos hacemos canal de comunicación entre Él y ellos.
El mensaje
El discípulo que se vuelve misionero, tiene un mensaje para anunciar que es él mismo, su vida, la transformación que ha hecho el Espíritu Santo en él. «Vengan a ver...» es el primer mensaje que se anuncia. Así lo hace Andrés el hermano de Pedro, así lo hace la samaritana con sus copoblanos. Así lo hará la Iglesia después de Pentecostés. El primer impulso misionero, es compartir la propia experiencia de haber encontrado el Amor verdadero, que transformó la existencia. Incluye la invitación a realizar la misma experiencia, por eso supone una integración firme en la comunidad creyente, adonde invitaremos a quien recibe el testimonio, para que él también tenga su propio encuentro.
La comunidad
misionera
La comunidad debe estar preparada para acoger, a quienes recibiendo el testimonio de los discípulos, desean conocer a Jesucristo y experimentar su amor. Nosotros lo recibimos en un Seminario de Vida en el Espíritu donde se nos anunció el amor del Padre, la salvación de Jesucristo y la renovación personal y comunitaria del Espíritu. El fruto de esta experiencia debe expresarse como le dijeron a la samaritana: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo». (Jn 4,42) Debemos procurar que el recién evangelizado, se convierta en un discípulo, ofreciéndole todas las oportunidades que hemos visto a través de estos pasos. El proceso vuelve a comenzar y de generación en generación debe llegar hasta el fin de los tiempos, cuando Cristo sea Señor de todos.
Séptimo paso
El discípulo trabaja en la sociedad.
«Como testigo del amor de Cristo, el discípulo trabaja en la sociedad
para que ella acoja a todos conforme a su dignidad de hijos de Dios y los
aliente a hacer fecundos los dones que de Él recibió. »
Nueva vida
La experiencia del nuevo nacimiento por la fe en Jesucristo, no se agota en un testimonio de eso que ha acontecido en nuestras vidas para que otros lo puedan experimentar también. ¡La nueva vida es para vivirla! Esto significa que desde esa nueva realidad de descubrirme hijo amado para siempre por mi Padre Dios, voy construyendo nuevas relaciones vitales.
La relación con Dios que se ha planteado con una novedad absoluta y está llena del entusiasmo del comienzo debe madurar en experiencias de fe y sobre todo en un crecimiento constante en nuestra confianza en Él. La oración pasará de la súplica infantil a la alabanza gratuita. Nuestro servicio madurará en compromiso.
Frutos de libertad
Esa nueva dignidad que hemos descubierto en nosotros, debe madurar en una vida en libertad. Libres de prejuicios, de presiones culturales, de miedos, de ambiciones. Libres en nuestro corazón para poder amar y entregarnos a los demás. Dueños de nosotros mismos, pero sometidos al señorío de Jesucristo. Hombres y mujeres capaces de vivir las bienaventuranzas y que se van haciendo firmes en su vocación. Necesitamos que nos guíen, para alcanzar esta libertad de corazón. Sin un maestro experimentado podemos perdernos detrás de novedades constantes o de nuevos prejuicios.
Constructores de comunión
Porque podemos amar sin esperar nada a cambio, es que podemos tender lazos entre las personas. Así nos ponemos al servicio de la paz y de la justicia. Encontramos el gusto de ser familia, de trabajar en equipo, de crear espacios de comunión para los demás.
Al servicio de la creación
Hay una nueva relación con las cosas. El trabajo se vive como posibilidad de servicio y participación en la obra del Creador. El eje de nuestras preocupaciones va pasando de «lo que necesito» a « ¿que necesitan de mí?» Nada de lo que sucede a nuestro alrededor nos resulta indiferente. Deseamos con fuerza un mundo mejor, porque nos duelen los sufrimientos de los pobres, de las víctimas de injusticias y marginaciones, de los abandonados. Nos transformamos en una mano tendida.
Toda una vida
Este proceso sólo concluye al dejar este mundo. La transformación de nuestra vida es tan necesaria, que si no la logramos en este mundo se completará en el purgatorio. Nunca dejaremos de ser discípulos; nunca dejemos de buscar al Señor. Nunca dejaremos de ser enviados; nunca dejemos de dar testimonio del Amor de nuestro Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡A Él sea la gloria!
Oración
Señor
Jesucristo, Camino, Verdad y Vida,
rostro
humano de Dios y rostro divino del hombre,
enciende
en nuestros corazones
el
amor al Padre que está en el cielo
y
la alegría de ser cristianos.
Ven
a nuestro encuentro y guía nuestros pasos
para seguirte y amarte en la comunión de tu
Iglesia,
celebrando
y viviendo el don de la Eucaristía,
cargando
con nuestra cruz, y urgidos por tu envío.
Danos
siempre el fuego de tu Santo Espíritu,
que
ilumine nuestras mentes y despierte entre nosotros
el
deseo de contemplarte, el amor a los hermanos,
sobre
todo a los afligidos,
y
el ardor por anunciarte al inicio de este siglo.
Discípulos
y misioneros tuyos, queremos remar mar adentro,
para
que nuestros pueblos tengan en Ti vida abundante,
y
con solidaridad construyan la fraternidad y la paz.
Señor
Jesús, ¡Ven y envíanos!
María,
Madre de la Iglesia, ruega por nosotros. Amén.
BENEDICTUS
PP. XVI
(Publicados
originalmente en el boletín La Voz del Rey)